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Noticias - Mayo 21 2019

De qué va la polarización en Colombia

La polarización en nuestro país tiene que ver con temas y con líderes políticos. Recurre más a emociones y descalificaciones del opositor que a argumentos de fondo. Un debate pobre y pocos espacios de consenso es lo que hasta ahora deja.

Decía la filósofa, escritora y directora de la Red de Bibliotecas del Banco de la República, Ana Roda, en un conversatorio de la más reciente edición de la Feria del Libro de Bogotá que “hacía mucho tiempo no vivía en Colombia un proceso de elevación del nivel del debate público como el que se dio aquí durante el proceso de paz. Era impresionante cómo en los medios de comunicación estaban hablando académicos, políticos, los grandes juristas, las comunidades, los religiosos. Había una sensación de interés y de compromiso y de elevación del nivel del debate público que a mí me pareció que fue sorprendente y que es quizás de las cosas más importantes que pasaron en el país durante estos años, y que sería muy importante, de verdad, que no echara para atrás. Que no volviéramos a ese insulto, al argumento que cuela fácil porque apela a la ofensa, a la humillación. Sería importante que el país mantuviera ese nivel. Por eso yo celebro este momento de pensamiento, de debate”.

Es cierto. Las negociaciones de paz del gobierno de Juan Manuel Santos con las FARC ampliaron el debate público y comenzaron a escucharse más voces desde distintas esquinas y lugares, como dice la misma Ana: están las voces de los historiadores, de los escritores, de las regiones, de los youtubers, de los booktubers. Entre otras cosas, como consecuencia de que el gobierno entonces decidió que gran parte de las negociaciones se hicieran de forma privada y que en esas primeras etapas solo se conocieran algunos pronunciamientos oficiales, que motivaron el análisis y la búsqueda de explicaciones a lo que se negociaba, y cómo, entre las dos partes. Luego, el debate se amplió porque la discusión se centró en lo que se pactó.

Y si bien es un hecho que hay más voces que se escuchan, también es cierto que una de las palabras que más se desgasta en las conversaciones diarias sobre el escenario político y social del país para exponer ese debate es polarización. Para explicar cualquier tema -paz, economía, política, guerra, posconflicto, seguridad, entre otros- en cualquier momento de la discusión se llega al punto de echar mano de la polarización; ilustra de manera fácil las posiciones disimiles.

Pero de qué va realmente la polarización en Colombia. ¿Es nociva o benéfica para la democracia? ¿Cómo se define esa polarización? ¿Qué le aporta al debate público? ¿Es una polarización de temas, de personajes, de tiempos?

Lo primero que habría que decir es que la polarización hace parte de la discusión y de la esencia democrática. Muestra que un país está hablando y discutiendo sobre los temas que le interesan, le preocupan, le gustan o no le gustan. Para Felipe Botero, codirector de Congreso Visible y profesor del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes, la discusión ideológica es buena. Estar en desacuerdo no está mal. Está bien pensar distinto, el problema es lo que pasa cuando nos enfrentamos con gente que piensa diferente y no hay espacios en donde busquemos consensos. “Espacios donde nos sentemos con una persona que piensa distinto y digamos: Bueno, usted quiere menos impunidad y yo quiero más justicia, dónde nos encontramos. Cuál es ese punto medio que me deja tranquilo a mí en términos de que estamos logrando justicia y lo deja tranquilo a usted en términos de que se está logrando justicia reduciendo impunidad”. Esos espacios no los tenemos porque los partidos no los ofrecen; porque los medios de comunicación tampoco promueven el debate y nuestras redes sociales mucho menos, porque nos encierran o nos encasillan, porque así están diseñados los algoritmos en lo que se llama ‘echo chambers’:  nosotros solo estamos conectados con personas que piensan como nosotros y no tenemos, no seguimos, no leemos y no discutimos: no nos involucramos argumentativamente con personas que piensan distinto”.

Para Juan Carlos Rodríguez, codirector del Observatorio de la Democracia y también profesor del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes, hoy en Colombia la polarización se puede definir como un asunto de líderes divididos acerca de ciertos temas y la evidencia más clara de ello es, precisamente, el proceso de paz con las FARC. “En el momento en que se anuncian las fases públicas de las conversaciones del gobierno Santos con las Farc (2012) se produce una ruptura que ya se venía gestando desde antes entre Álvaro Uribe y Santos. Eso genera una división desde arriba que se va transmitiendo poco a poco a la sociedad en general. Esa división ha llegado a los límites. Se utilizan expresiones muy fuertes para referirse al otro. Se inauguró si se quiere una fase nueva de la mentira en la política, las ‘fake news’, que no son una invención de esta década, pero la propagación en las redes sociales sí es un tema nuevo y eso especialmente en la campaña del plebiscito de 2016 se vio muy claramente”.

Botero agrega que esa polarización también tiene que ver con el carisma de los líderes, que halan a sus públicos. “La polarización histórica está más álgida y tiene que ver con el conflicto. La relación con el conflicto es lo que ha dividido la población y en cada uno de los lados ha surgido un líder carismático que ayuda a cristalizar esas posiciones en los extremos”.

Rodríguez confirma que la polarización hoy sigue siendo entre y alrededor del proceso de paz, pero aclara que no es el único tema que ahora polariza. “En las elecciones de 2018 surgió una alternativa viable que era la de Gustavo Petro y ahí se genera una nueva brecha de polarización entre, por un lado, uribistas y, por el otro lado, petristas”. Esos petristas –agrega- no necesariamente son santistas o heredan la posición del gobierno de Santos alrededor del proceso de paz, sino que va más allá. “La polarización sí es alrededor de ciertos temas promovidos desde las élites en general, pero el componente ideológico no está tan claro. Uno podría decir que esto es entre izquierda y derecha, pero eso es más ambiguo y más confuso”.

Los resultados del Barómetro de las Américas 2018 confirman el análisis que hacen los profesores Botero y Rodríguez: las opiniones de los colombianos sobre algunos temas son modeladas por las pistas que reciben de las élites políticas. Por ejemplo, el estudio muestra que la opinión pública se encuentra dividida en cuanto a temas como la paz y el posconflicto, el papel del Estado en la economía y la confianza hacia algunas instituciones públicas:

  • El 46 % de quienes votaron por Duque en 2018 cree que es posible el perdón y la reconciliación con los miembros de las FARC. Ese porcentaje sube al 64 % entre quienes votaron por otros candidatos.
  • El 42 % de quienes apoyaron a Duque cree que el Estado debe ser dueño de las principales empresas del país. Ese porcentaje baja al 35 % entre quienes no apoyaron a Duque en las elecciones de 2018.
  • El 54 % de quienes votaron por Duque confía en la Policía mientras que apenas el 35 % de los que no lo hicieron confía en esta institución.

La discusión y su riqueza

El debate que crea la polarización como parte de la discusión democrática debería estar cargado de argumentos y enriquecer, precisamente, esa democracia; ero parece no ser el caso de este momento político en Colombia. El codirector del Observatorio de la Democracia explica que hoy se habla más de, por un lado, “paracos” y, por otro, de “narcoguerrilleros” o de “castrochavismo”. “En esas peleas lo que más se busca es lograr un efecto, y ser efectista tiene esa consecuencia de que empobrece el debate y la argumentación. Si uno mira las discusiones en el Congreso -y si pasan en el Congreso, pasan con más veras en las redes sociales- el nivel de argumentación es muy pobre. Es descalificar al otro, no sus argumentos, sino simplemente descalificarlo de la manera más horrible que se pueda porque eso genera un efecto; una especie de adrenalina política que se libera cuando se utilizan ese tipo de expresiones, y la posición más sosegada y más reflexiva no tiene mucha cabida en esa discusión”.

De acuerdo con Botero, cuando se apela a las emociones, a los sentimientos y al estómago de las personas hay una movilización mucho más fuerte y mucho más efectiva, y lo que hoy ocurre en el Congreso es que se usa ese escenario de alta difusión -un escenario clave donde debería haber deliberación- para repetir estos discursos simbólicos, polarizantes, que ayudan a crear esos públicos separados donde hay poco diálogo. “Es una estrategia consciente de las élites para consolidar unos públicos que voten de cierta manera apoyando sus ideas y sus políticas, pero sin convencerlos y sin mostrarles cuál es el contenido de esas políticas. Por ejemplo, en la discusión sobre las objeciones a la JEP, la cuestión real es cómo queremos que se desarrolle la paz, pero no hay una discusión al respecto, simplemente es una discusión sobre insultos y palabras clave que les llegan a la gente, que los mueve, pero que no tienen ningún fondo”.

Y entonces ¿Cómo refinar y enriquecer ese debate con argumentos? El codirector de Congreso Visible tiene una visión al respecto poco esperanzadora. Si bien resalta que es bueno que haya líderes que piensen distinto, en la medida que se promueve el debate, los líderes actuales no lo están promoviendo, sino que están realmente antagonizando los públicos “y están haciendo ver que no somos iguales y que no podemos vivir juntos cuando realmente es una gran mentira, que es útil para el discurso político, tanto en los líderes de izquierda como los de derecha. Es difícil refinar el debate porque tanto los medios de comunicación, como los partidos políticos, como la ciudadanía misma están en un plano en que lo que quieren es la respuesta fácil, el discurso sencillo y la información automática y no tener que pensar y reflexionar. Pero es lo mismo que está pasando en Inglaterra. Deberían estar pensando en el Brexit y discutiendo los asuntos de fondo y lo único que ve uno es que están procrastinando mientras caminan hacia el abismo. Nuestra situación, me gustaría pensar, que es un poco menos dramática, pero guardada las proporciones también hacemos lo mismo: caminar sin mirar, con los ojos vendados, sin enfrentar el problema real que tenemos en frente, que es la construcción de un país donde quepamos todos”.

Juan Carlos Rodríguez tampoco tiene la respuesta, pero cree que la actividad política va a tener que reinventarse porque “no creo que haya alguna manera de decir: “A partir de ahora vamos a hacer una campaña para refinar la argumentación”. Eso no va a pasar. Tenemos que convivir con eso. Y tenemos que inventar nuevas formas contando con que la gente responde de forma emocional a los mensajes. No tengo la respuesta para eso, no tengo la fórmula para hacer política en este momento de la historia de la humanidad, pero creer que eso va a desaparecer es ingenuo. Eso no va a pasar. Ese tipo de aproximación emocional a la política no va a terminar porque a todos nos parezca que es horrible, eso va a seguir dándose así. Lo que hay que hacer es contar con eso, tratar de ser lo más empático posible con respecto al otro y ahí hay una labor importante de los investigadores en ciencias sociales, que tiene que ver con una empatía, no necesariamente emocional y me parece que eso está en la primera línea de la agenda en ciencias sociales”. 

Queda claro, entonces, y de acuerdo con los resultados y el análisis del Barómetro de las Américas, que mientras el mecanismo a través del cual las élites políticas modelen la opinión pública siga siendo de tipo afectivo y no por medio de la transmisión de información real, fáctica, con análisis, veracidad, con reales argumentos, todo seguirá reducido a una movilización de emociones y los colombianos adherirán o se desvincularán de las posiciones que predican los líderes políticos como resultado de un simple, pero poderoso, vínculo afectivo con estos.

Foto: Tomada de Baltic Review https://baltic-review.com/

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